Parece que
toda aquella magia
que solíamos crear
no fue nunca suficiente
y no era de verdad.
Miedo, dices.
Y luego hablas con ligereza de viajes,
de trabajo, del futuro.
Un futuro incierto,
en el que no parecemos coincidir.
Hablas,
y yo te noto cada vez más lejos,
como si ese futuro fuera ya presente.
Siento escalofríos al pensarlo,
pero no miedo.
Supongo, pienso que puedo ir detrás de ti,
dibujarme a tu lado virtualmente,
a cualquier lugar,
puedo seguirte.
No, a eso no le tengo miedo.
Miedo, dices.
Y entonces lo entiendo.
Lo que temo realmente,
lo que me horroriza.
Que esta energía que me provocas,
esta fuerza motriz
que se recicla continuamente,
que me impide separarme de ti,
se agote una mañana.
Y ya no me importe,
que hables con ligereza de viajes,
de trabajo, del futuro.
Ella nunca me dio problemas. Como mucho protestaba de vez en cuando si tenía hambre o quería dar un paseo. Vino a vivir con nosotros cuando ya era toda una señora. Tenía sus costumbres, poseía un fuerte carácter y no dudaba en quejarse exigiendo una caricia o achuchón cuando lo creía oportuno. ¿Cómo iba yo a negárselo, a tan tierna criatura? La cogía en brazos, la descargaba sobre mis piernas y, pasándole la mano suavemente por la cabeza de forma intermitente, seguía a lo mío.
Era muy mayor, pero a veces lo olvidábamos. Los inviernos los pasaba constipada, durmiendo durante horas, y cuando se despertaba teníamos que ir detrás de ella intentando sonarle la nariz. ¡Qué estornudos! Era muy divertido, ciertamente. Pero detrás de esa futilidad, en lo más profundo de mi consciencia, vivía un miedo atroz a que algo malo la sucediera, tan frágil me parecía.
Luego llegaba la primavera, y con la energía de las flores que despiertan tras un gélido sueño, volvía a corretear por todas partes llena de vitalidad. Y aunque era vaga por naturaleza, nunca se apagaba su luz hasta el siguiente invierno, repitiéndose el proceso una y otra vez. Así pasaron los años que estuvimos juntos, y pensé que sería hasta el fin de los tiempos. Pero un día enfermó. Era muy mayor, aunque a veces lo olvidáramos.
Con frecuencia se me aparece un recuerdo nítido por encima del resto. Uno de esos que creo que no olvidaré jamás. A la vuelta de nuestros paseos, por el largo pasillo que hay entre el ascensor y la puerta de mi casa, la instaba “¡corre Kelly, corre! ¡Vamos, Kelly!” y hacía yo un amago de echar a correr. Y ella me miraba, luego al frente, se olvidaba de los años, de los débiles huesecillos, y de todos los dolores que solo ella sabía que padecía, y corría lo más deprisa que podía dando saltitos con sus diminutas patas, como si fuera una pequeña liebre silvestre. Solía pensar que, a pesar de correr tan despacio, ella debería sentir que era la perrita más rápida de la galaxia. Y siempre, absolutamente siempre, lloviera o nevara, o tuviera la peor semana de mi existencia, conseguía que lo olvidara todo unos instantes y me arrancaba la sonrisa más sincera que os podáis imaginar.
Puede que llegara por arriba o por abajo, por la izquierda o la derecha; o tal vez deslizándose sigilosamente en alguna diagonal imposible. En cualquier caso, no lo vi venir. Me golpeó fuerte, muy fuerte, y cuando quise incorporarme, ya era demasiado tarde. De repente allí estaba yo, sentado con una pajita en la mano, escuchando atento, con toda mi verborrea, mi filosofía barata y mis convicciones diluyéndose en cada pestañeo de sus ojos azules. Lo sabía, claro que lo sabía. Debía prender fuego a los últimos años de mi vida, pues en apenas un par de minutos comprendí que era absurdo intentar ganar aquella batalla de uno contra un billón. Y ella era más que eso. Me asusté, como es lógico, hacía ya tanto tiempo desde la última vez, si es que alguna vez fue así. Pasaron las horas a una velocidad incoherente, el tiempo se consumió sin dejar rastro. “No quiero volver muy tarde”, dije al comenzar la noche. ¡No quería volver tarde, ja! Me habría quedado allí para siempre, sentado a su lado, aunque no hubiera ya nada de que hablar. En todo eso pensaba mientras la conversación iba de un lado a otro, sin un rumbo fijo, entre trago y trago, demasiado cerca el uno del otro, tanto que a veces nuestras rodillas impactaban levemente. Cuando hablaba, me preocupaba por medir la intensidad con la que la miraba, temeroso de que pudiera leerme el pensamiento, o simplemente miraba hacia otro lado de vez en cuando, y no sé hasta qué punto tuve éxito. Si lo pienso con detenimiento, creo que no llegué a interpretar nada con claridad aquella noche.
Decidimos pagar y marcharnos. La dejé en su portal. Dije algo, no recuerdo exactamente el qué. Un beso en la mejilla para despedirnos. Estaba realmente cansado, pero nunca se me hizo tan dura una despedida tan sencilla, en verdad. Me pregunto qué habría pasado si no hubiera salido aquella noche. Si el vacío y el silencio que inundaron el coche de camino a casa, y que parecieron escaparse del vehículo para extenderse por todos lados, habrían existido.
Temblamos de frío, y cogiste mi brazo al final.
Y así caminamos un rato…
recé para que fueran mil años.
Han pasado ochenta y cuatro años, y aún percibo el olor a recién pintado. La vajilla nunca había sido usada, nadie había dormido entre aquellas sábanas. Llamaban al Titanic el buque de los sueños… Y lo era, realmente lo era…
Olvídense de los prejuicios, de los chismorreos o vagos recuerdos. Me bastaron diez minutos de visionado para confirmar, efectivamente, que Titanic era la obra maestra que recordaba. Porque a veces la memoria juega malas pasadas y resulta que aquello que un día te pareció maravilloso, hoy no es más que simplemente bueno. Afortunadamente, la película de Cameron es intemporal y su magia no perece. Da igual el 3D o el 8D, que sea el año 1997 o el 2068. Es solo palabrería frente a la experiencia de revivir la que probablemente sea la historia de amor más impresionante jamás narrada en la gran pantalla, la más trágica y espectacular.
Un montaje sensacional, un ritmo fantástico –y estamos hablando de una película de 3 horas-, puesta en escena de lujo, banda sonora inolvidable del oscarizado James Horner… Y por supuesto la dirección magistral de Cameron. Porque opiniones hay de todos los colores y sabores, pero que Titanic es un prodigio de dirección es indiscutible. Cada minuto de metraje está rodado con el mimo y el celo del saber que estás creando algo inmenso, algo para la posteridad.
Leonardo DiCaprio y Kate Winslet pasaron a la historia como Jack y Rose, una especie de Romeo y Julieta contemporáneos. Por méritos propios, claro. Pastelosos entre los pasteles –quizás se pudiera discutir al bueno de Cameron algún diálogo entre los protagonistas en ciertas situaciones-, su amor juvenil, ardiente y sincero, atraviesa océano y pantalla para golpearte muy adentro y no soltarte jamás.
Envidio a los que no la han visto. Envidio también a los que la vieron cuando eran críos, o a los que solo la vieron una vez. Aprovechad, id al cine aunque os parezca caro; os aseguro que será el dinero que más felizmente gastéis. Y no importa si lloráis desde el comienzo hasta la conclusión, porque es un viaje absolutamente emocionante
Me gustaría poder conservar, en un recipiente ideal, todo lo tangible y lo etéreo que nos concierne. Todo tal y como es, sin perder un ápice de su energía. La crónica detallada de las horas que compartimos, aderezada con vídeos, fotografías y amuletos. Tu fragancia, tu mirada, tu emocionante sonrisa. El sonido de tu voz y la cálida cadencia. La humedad y la temperatura de aquella noche. Lo que todo ello significa para mi en este instante, cómo lo entiendo ahora. La forma que toma, lo que me evoca.
Antes de que algo cambié, aunque sea de forma insignificante.
Porque no lo será.